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“La aventura de reinventarse” de Isabel Vega y el caso de Elías Jara

“Lo peor es que los niños de las poblaciones vean las drogas como antesala del éxito”.

 

30 historias de superación -15 testimonios de chilenos y 15 de extranjeros- recoge esta escritora dedicada al couching en su tercer libro. Aquí reproducimos la de Elías Jara y recomendamos leer el resto en “La aventura de reinventarse”. Son todas inspiradoras.

 

 

Resiliencia es una palabra de fea sonoridad, poco sugerente, sin gracia, pero que alude a una condición valiosa, que ojalá todos pudiéramos poseer, porque la resiliencia salva. Isabel Vega, autora del libro de reciente aparición “La aventura de reinventarse”, la llama “extraña” y explica que deriva de un antiguo concepto que viene la física, donde se le define como “la capacidad de un material para recobrar su forma original después de someterse a una presión deformadora”.

Ser resiliente es tener algo de mono porfiado, de caerse y volver a pararse una y otra vez; de no lamerse las heridas, sino de superarlas y seguir adelante. Isabel, que es chilena, licenciada en Educación en la Universidad Católica y tiene un Máster en la Universidad de Virginia, Estados Unidos, donde se especializó en Comunicación, se dedica al coaching. Tiene otros dos libros publicados: “Estaciones del alma” y “Vivir en tiempos de crisis”, cuyos títulos dan cuenta de por dónde van sus intereses.

En este tercer escrito, se dedica a contar las experiencias de cambio de chilenos y chilenas, algunos conocidos y otros anónimos, que frente a un golpe de la vida –muerte, enfermedad, quiebra económica, separación, accidente o vulnerabilidad de base– en lugar de paralizarse, lamentarse, entregarse, le ponen en pecho a las balas y salen adelante.

Una de esas historias es la de Elías Jara. Acá, con la autorización de Isabel, reproducimos su caso.

“Elías dio una larga batalla para salir de la drogadicción y lograr la rehabilitación. También para pasar de ser santiaguino a crear en Antofagasta un centro con el fin de ayudar a otros que, como él, luchan por alejarse de la droga.  Su vida ha girado en 180 grados, pero el proceso no ha sido fácil y le ha costado más de 17 años completar este ciclo.

Elías pasó una niñez en La Pintana y una adolescencia en Puente Alto, junto a una familia honesta y sencilla. A pesar de que sus padres eran buenos y lo criaron con cariño, la droga, presente en su entorno, amenazó su niñez. Cuando tenía 13 años, comenzó a ver que en su barrio los referentes de éxito eran personas que tenían mayores recursos pero vivían fuera de la ley. Estos modelos trastocaron los valores que le habían inculcado en su familia, porque le dificultaban ver con claridad qué era positivo y qué  negativo para él. Por un lado estudiaba y era buen alumno, le gustaba ir a la biblioteca y tenía algunos gustos ‘extravagantes’, como leer a Pablo de Rokha. Y por otro, empezó a experimentar los placenteros efectos de la marihuana, ‘la droga te va engañando, te hace pensar que eres ‘bakán’ y de a poco te va atrapando’, confiesa Elías.

Al terminar el colegio y después de hacer el servicio militar en Punta Arenas volvió a su casa, pero el problema lejos de resolverse se agravó cuando empezó a consumir cocaína pensando que era una droga mejor, más sofisticada. Después comenzó a probar los ‘marcianos’ –una combinación de marihuana y pasta base–, que lo llevaron a una situación dramática. En ese tiempo había encontrado al gran amor de su vida, pero esta relación en lugar de salvarlo terminó por sepultarlo, ya que ella no pudo soportar su adicción y lo abandonó.

-¿En qué momento decidiste hacer un cambio de rumbo?

-Cuando me quedé sólo a causa de la droga. Ahí mi vida perdió todo sentido. Me quedé sin metas, sin respeto por mí mismo ni por mis seres queridos. Había cumplido 29 años cuando vino un tío de Antofagasta para el funeral de una tía muy querida que había fallecido, y él me invitó a que fuera a pasar un tiempo al norte. Allá empecé a trabajar en una empresa pero todo lo que ganaba lo gastaba en drogas. Recuerdo que en una ocasión me enfermé y me dieron tres días de licencia. Los pasé solo en la pieza que arrendaba y no tenía ni siquiera algo para comer. Tampoco volví al trabajo, y en un momento en que me fui a caminar por la playa, encontré a un grupo de indigentes haciendo una fogata y compartiendo su comida. Esa escena me chocó, porque me pareció absurdo que ellos tuvieran algo que comer y yo no. Tampoco podía acercarme, porque no tenía ningún sentido de pertenencia, me sentía atrapado en medio de dos mundos opuestos.

Justo cuando se encontraba al borde del abismo, recibió una llamada de su jefe quien le dijo que quería conversar con él. ‘Esa invitación me hizo reaccionar, y aunque me sentía débil, porque estaba muy delgado y demacrado, me puse rápidamente una camisa que tenía a medio planchar y con mi último aliento de esperanza empecé a correr. Recuerdo que estaba oscureciendo y mientras corría iba llorando y pidiendo a Dios misericordia. Cuando por fin logré llegar, mi jefe me dijo que quería ayudarme y que me iba a dar otra oportunidad. De manera que pude volver a la empresa. Poco después fueron de la compañía Xstrata Cooper, de origen suizo, a hacer un estudio para detectar consumo de drogas, y preguntaron quien quería participar voluntariamente en una terapia de rehabilitación. Entonces fui el primero en levantar la mano y gracias a eso estoy aquí ahora, porque jamás habría podido costear un tratamiento de ese valor’.

Ingresar al Hogar CREA fue sólo el primer paso, ya que después vino un proceso largo y difícil. Pero una vez desintoxicado su cerebro volvió a funcionar bien, y ahí empezó una intensa búsqueda para entender lo que le había sucedido. Elías investigó, preguntó y reflexionó, hasta que pudo encontrar una forma simple de explicar el fenómeno de la adicción, con el fin de ayudar a otros a romper el círculo vicioso.

De acuerdo a sus observaciones, las personas caen en el consumo de drogas por diversas razones, a veces por problemas psicológicos e incluso puede ser por una predisposición genética. También tiene gran influencia el medio ambiente que actualmente presiona a los jóvenes a experimentar con drogas, a través de sus compañeros, y también de ‘personajes famosos’ que aparecen en los medios diciendo que la marihuana no hace nada, que es inofensiva y hay que legalizarla. ‘Ellos no saben lo que pasa en las poblaciones, donde a los niños que consumen drogas se les despiertan trastornos que nunca debieran aparecer. El peor daño es mostrarles las drogas como antesala del éxito’, dice con preocupación. ‘Para que decir lo que sucede con las drogas duras como la pasta base, a esa la llamo la caspa del diablo, porque conduce directamente a la ruina’.

En su proceso de recuperación no fue suficiente la ayuda médica ni psicológica, para él fue clave encontrar un camino espiritual. Elías es miembro de la Iglesia Metodista, y dice que le gusta pertenecer a ella porque lo dejan pensar, ‘a diferencia de otras iglesias que endiosan a sus pastores, sin dejar vivir la experiencia personal con Dios. Yo era un desdichado que estaba al borde de la locura, y después de un largo recorrido pude volver a mí y vivir nuevamente bajo la gracia divina. Eso fue lo mejor que me pudo haber pasado, ahí me di cuenta que todo lo que había vivido tenía un sentido. Yo creo que Dios debe amarme mucho, porque me dejó avanzar a la velocidad que yo podía avanzar, me saco de donde nadie había podido sacarme y me sigue cuidando con el rabillo de su ojo’.

 

– ¿Cuál ha sido el mayor aprendizaje que has logrado con esta experiencia?

 

-Que la vida se ha manifestado como un gran escenario, donde mi adicción no ha sido más que un ejercicio para mi alma, y que hacerme cargo de mi existencia es lo mínimo que puedo hacer, ya que por sobre todo tengo un propósito más allá de mí mismo.

Esta visión llevó a Elías a crear una Fundación llamada ‘En los ojos de mi madre’, que tiene el objetivo de mitigar este gran problema social, moviendo el foco desde el adicto a la familia, centrándose especialmente en la madre quien es la que sufre más daños colaterales. El amor ciego que ella siente por sus hijos la lleva a veces a cometer muchos errores, producto de la negación y la sobreprotección. Además, cuando la madre cae en una codependencia, la familia también se enferma y se convierte en un factor de riesgo, porque deja a la deriva a sus otros hijos, y se abre un abismo con el padre, lo cual genera un quiebre familiar. Esto resulta muy paradójico, ya que la familia por naturaleza debiera ser el gran factor protector del individuo.

-¿Qué produce esta codependencia?

-La mamá en Chile y en el mundo entero es el pilar fundamental de la familia, entonces, si ella se cuestiona por el rol que no cumplió y piensa que no lo hizo bien, se siente incapaz, mala mujer, mala madre. Imagínate que ella te tuvo en su vientre, te alimentó y te cuidó, te enseñó a caminar y a leer, te amó, te ama y te seguirá amando….y se siente profundamente culpable de que tú seas drogadicto.

-¿Cómo te sientes ahora con esta misión?

-Por un lado estoy muy contento por volver a vivir sano y, por otro lado, tengo una inquietud tremenda al verme con esta gran responsabilidad. El hecho de haber logrado traducir en términos sencillos los conocimientos importantes que la gente debería saber con respecto a la adicción me tiene cada vez más entusiasmado, pero a la vez agobiado, porque son muchas las personas que necesitan ayuda, y siento que de verdad tengo que dar una pelea a la drogadicción desde la base misma de la comunidad.

Después de 7 años Elías sigue viviendo en Antofagasta y hace 6 años que se encuentra alejado de las drogas. Hoy está dedicado de lleno a desarrollar programas de actividades dirigidas a la prevención del consumo en diversos ámbitos sociales, desde empresas privadas hasta instituciones educacionales. Por otra parte, está creando una página web que sea amigable con las mamás, para que ellas puedan elaborar sus propias conjeturas a través de la información que les ofrecen. Y también le gustaría formar una oficina social de Orientación Familiar para la Prevención de Drogas.

‘Se nos habla de cambiar el mundo, de la innovación, de la tecnología, de la equidad de género, de la educación alternativa, de generar nuevas energías, de reciclar, de cuidar el medio ambiente y los animales, pero no tenemos la capacidad de darnos cuenta que muchos de nuestros jóvenes se están perdiendo en la droga. Cuando asumamos en conciencia este gran problema social recién ahí empezaremos a cambiar, antes de eso solo será maquillar la realidad’.

El camino de Elías da cuenta de una dolorosa realidad y a la vez muestra cómo es posible liberarse de las malas influencias y los patrones mentales impiden evolucionar. En él se encarna la eterna batalla entre la luz y la oscuridad, que de una u otra manera representa la lucha interna de todos los seres humanos. Su destino podría haber sido el de un drogadicto que destruye su mente y su corazón o el de un delincuente que termina sus días en la cárcel o botado en una calle, pero él no solo eligió salvarse a sí mismo, sino buscar la manera de ayudar a otros a salir del pantano. Con el fin enfrentar este desafío utilizó como motor la fuerza de su rabia y el resentimiento social que traía desde su infancia, para impulsar un cambio positivo en su trayectoria.

A través del tiempo esta energía se ha transformado en una gran empatía y un inmenso deseo de inspirar a otros que como él tienen el propósito de generar una nueva identidad y una nueva vida.